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  • Santiago Restrepo

El mundo de los de abajo

Parece ser que hemos llegado a la nueva era de la transferencia de saberes: intrépidos artesanos han decidido liderar esta tendencia. Y por minúsculas que parezcan, sus acciones son un ejemplo para empresarios despistados, integrantes de grupos de aficiones, jóvenes citadinos, pensionados sin oficio, profesores excéntricos, vendedores de enciclopedia, y alguno que otro escritor aficionado.


Mientras que, los jóvenes globalizados del mundo creen revelarse sumisamente ante las infinitas señales impuestas por el mercado de consumo y las reglas de lo que creen que es la verdadera educación, en lo profundo del Putumayo, allí donde la selva ya no sabe si seguir siendo selva, los jóvenes de la comunidad de Awá Blanca se revelan ante sus mayores y mayoras para exigirles enseñanzas que los lleven a parecerse más a ellos y sus ancestros.

Hace apenas un par de años, la comunidad se encontraba en el olvido de toda esperanza de siquiera recordar un atisbo de lo que significaba pertenecer a la etnia indígena Awá. Los valientes y en su momento infortunados ascendientes que decidieron salir de Tumaco y cruzar la cordillera para librarse de la violencia, del afán, se les olvido empacar sus saberes y tradiciones, y por el difícil peso y lo largo del viaje, tuvieron que dejar por el camino otros pedazos de su cultura.


Artesanos Awá Blanca - Santiago Restrepo

Pero, ahora, con la maravillosa escusa no tan escusa de la artesanía, curiosos y hábiles y recientes artesanos intentan unir los retazos que alcanzaron a llegar a la profundidad de la vía de Tesalia y superar el despiadado olvido al que lleva el tiempo, para quizás, como dice su cosmovisión, traer a la vida del mundo de los de abajo, las historias y tradiciones del pasado.

Las razones de esta rara y curiosa iniciativa quizás no sean aún tan claras para ellos como para los que observan desde afuera, pues la artesanía, se convierte en un escape de la menos aburrida vida que la de aquellos que llaman colonos, pero aun así, aburrida entre la abundancia de diversidad y vida por culpa de la costumbre. Pero, de todos modos, con el paso de los días han empezado a encontrar valor en los relatos y símbolos casi borrados por el quehacer diario y el melodrama que trae cada día, un valor que permite reivindicarse con la imaginación y la astucia, y así, abrir paso al significado como símbolo de reconciliación entre el pasado de su etnia y el futuro de su generación.


La pregunta que surge entonces, es si todo este “rescate cultural” vale en realidad la pena, o si es otro inútil saludo a la bandera, u otra simple ilusión que no está destina a durar más que la emoción del momento de estos jóvenes impulsados por las formas, brillos y texturas del material y su nueva representación. Aun así, pocos como estos protagonistas se han atrevido a alzar la mirada y ver más allá de su propia vida para encontrar los desafíos y virtudes de sus ancestros y plasmarlos en objetos que cargarán los mensajes de su etnia y comunidad. Su heroísmo ha sido desafiar la vida vacía de la materialidad, alzándose con el arte oculto de las historias y memorias que vencen el aburrimiento y otorgan emoción al amazonas que los rodea.


El tiempo demostrará que todo este esfuerzo adolescente no ha sido en vano, que en sus canastos, paneras y morrales se guardarán anécdotas que emocionarán a las siguientes generaciones y que el arte perdido habrá dejado de serlo.


El respaldo de la comunidad al grupo de artesanos quizás es la muestra de la preservación de algunos de los valores del pasado y que los mejores mensajes no se crean de la nada, pues ya vienen añejándose en la memoria de valientes que los antecedieron. Al final, los jóvenes de Awá Blanca son un ejemplo para aquellos que tienen todo a su alcance y no hacen mucho con ello, y que, en últimas, permiten visibilizar que la mejor cultura no es quizás la más globalizada sino aquella que preserva y se convierte en generadora de nuevas narrativas.


Por Santiago Restrepo Barrera

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